Hay una especie de tristeza que surge cuando se sabe demasiado, cuando se ve la Administración Pública y la Política desde adentro y como realmente es.

Es la tristeza de descubrir que las promesas son papel mojado y que los discursos vibrantes se deshacen en la monotonía del poder: “un poder que se construye con llantos estratégicos y se sostiene en los hilos frágiles de la victimización”. Mientras tanto, un cantón verde, fértil y lleno de oportunidades, sigue esperando la voluntad política para florecer.

Su gente, la que despierta con el sol para trabajar la tierra y levantar sus negocios, la que madruga sin necesidad de discurso motivacional, no pide discursos ni excusas; exige soluciones. Caminos transitables, servicios básicos, respeto al medio ambiente, eficiencia en lo público.

Pide lo justo: que sus impuestos no se pierdan en los laberintos de la burocracia, sino que regresen convertidos en obras, en servicios dignos, en una vida mejor.

Pero la vieja clase política sigue en su juego de siempre: dividir para reinar, prometer para olvidar y negociar con la necesidad ajena como si fuera moneda de cambio. Mientras tanto, la esperanza de una nueva forma de hacer política tropieza y se desgasta, golpeada por el oleaje implacable de los intereses ocultos, de esas sombras que siempre encuentran la forma de perpetuarse en el poder.

Y en esa comprensión profunda, solo queda la soledad.